
Sólo había dado diez pasos cuando oyó a Thomas ladrar su nombre.
Suspirando se detuvo. Debería haberlo sabido. El hombre era tan tozudo como su abuela, aunque él no agradecería esa comparación.
Desanduvo los pasos, y se apresuró cuando lo oyó llamarla otra vez.
– Estoy aquí -dijo, irritada-. Buen Dios, vas a despertar a toda la casa.
Él puso los ojos en blanco.
– No me digas que ibas a ir a la galería a sacar el cuadro tú sola.
– Si no se lo llevo, se pasará el resto de la noche tirando del cordón para llamarme y no podré dormir.
Él entrecerró los ojos.
– Obsérvame -dijo.
– ¿Que observe qué? -preguntó ella, perpleja.
– Arrancar su cordón para llamar -dijo él, continuando la subida con renovada resolución.
– Arrancar su… ¡Thomas! -Subió corriendo, pero, claro, no podía darle alcance-. ¡Thomas, no puedes!
Él se giró e incluso sonrió, lo que ella encontró bastante alarmante.
– Es mi casa -dijo-. Puedo hacer lo que quiera.
Y mientras ella asimilaba eso con su agotado cerebro, él avanzó por el corredor y entró en el dormitorio de su abuela.
– ¿Qué pretendes hacer? -lo oyó decir.
Soltando el aliento, corrió por el corredor y entró en la habitación, justo cuando él estaba diciendo:
– Santo cielo, ¿te sientes mal?
– ¿Dónde está la señorita Eversleigh? -preguntó la viuda, mirando nerviosa por toda la habitación.
– Aquí -dijo Grace, acercándose a toda prisa.
– ¿Lo tiene? ¿Dónde está el retrato? Necesito ver a mi hijo.
– Señora, es muy tarde -dijo Grace, tratando de explicárselo.
Se acercó otro poco, aunque no sabía para qué. Si la viuda comenzaba a hablar del bandolero y de su parecido con su hijo favorito, ella no podría impedírselo.
