De todos modos, la proximidad le creaba al menos la ilusión de que podría impedir el desastre.

– Señora -repitió, amablemente, en voz baja, mirándola con cautela.

– Por la mañana puedes ordenarle a un lacayo que te lo traiga -dijo Thomas, en un tono algo menos imperioso-, pero no voy a permitir que la señorita Eversleigh haga ese pesado trabajo físico, y mucho menos a estas horas de la noche.

– Necesito el retrato, Thomas -dijo la viuda, y Grace casi se acercó a cogerle la mano. Su voz sonaba apenada, la voz de una anciana, y de ninguna manera parecía ella misma cuando añadió-: Por favor.

Grace miró a Thomas; él parecía inquieto.

– Mañana -dijo-. A primera hora si quieres.

– Pero…

– No. Lamento que te hayan asaltado esta noche, y por supuesto haré todo lo que sea necesario, dentro de lo razonable, para procurarte comodidad y velar por tu salud, pero esto no incluye exigencias caprichosas a horas intempestivas.

Se miraron fijamente tanto rato que Grace deseó encogerse. Entonces Thomas dijo:

– Grace, vete a acostar.

Pero no se giró para salir de la habitación.

Ella se quedó inmóvil un momento, esperando ¿qué?, no lo sabía. ¿Una contraorden de la viuda? ¿Que retumbara un trueno fuera de la ventana? Puesto que no llegó ninguna de las dos cosas, concluyó que no podía hacer nada más esa noche y salió de la habitación.

Mientras iba caminando lentamente por el corredor los oyó discutir, aunque sin ninguna palabra violenta, ninguna palabra acalorada. Los Cavendish tenían un temperamento frío, y era mucho más probable que se atacaran con un dardo de hielo que con un grito acalorado.

Hizo una larga y temblorosa espiración. Jamás se acostumbraría a esas cosas. Llevaba cinco años trabajando en Belgrave y todavía la sorprendía el resentimiento que había entre Thomas y su abuela.

Y lo peor era que ni siquiera había un motivo. Una vez se atrevió a preguntarle a Thomas a qué se debía ese desdén o aversión entre ellos; él se limitó a encogerse de hombros, diciendo que siempre había sido así. Que a ella no le caía bien su padre, que su padre lo odiaba a él y que lo habría pasado la mar de bien sin ninguno de los dos.



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