
Eso la dejó pasmada. Había supuesto que en todas las familias había cariño mutuo. En la suya lo había habido. Su madre, su padre…
Cerró los ojos para contener las lágrimas. Se estaba volviendo sensiblera. O tal vez se debía a que estaba cansada. Ya no lloraba por ellos. Los echaba de menos, siempre los echaría de menos, pero el enorme agujero que dejó en ella la muerte de los dos ya había sanado.
Y ahora… bueno, había encontrado un nuevo lugar en el mundo. No era un lugar que hubiera esperado y no era el que sus padres deseaban para ella, pero llegó con comida y ropa y con la oportunidad de ver a sus amigas de vez en cuando.
Pero a veces, por la noche, cuando estaba acostada, se le hacía difícil. Era consciente de que no debía ser desagradecida: estaba viviendo en un «castillo», por el amor de Dios. Pero no la habían criado para esa vida. No la habían criado para la servidumbre ni para esos temperamentos agriados. Su padre era un caballero del campo y su madre un miembro muy querido en su comunidad. La habían criado con cariño y risas, y a veces, cuando estaban sentados junto al hogar al anochecer, su padre suspiraba y decía que tendría que quedarse solterona porque sin duda no había ningún hombre en el condado que valiera lo suficiente para su hija.
Y ella se reía y decía:
«¿Y en el resto de Inglaterra?»
«Tampoco.»
«¿Y en Francia?»
«Santo cielo, no.»
«¿Y en las Américas?»
«¿Es que quieres matar a tu madre, niña? Se marea sólo con ver la playa.»
Y todos sabían que ella se casaría con un hombre del condado, que viviría un poco más allá o al menos a una distancia corta en coche o a caballo, y que sería feliz. Que encontraría lo que habían encontrado sus padres, porque nadie esperaba que se casara por un motivo que no fuera el amor. Tendría bebés y su casa estaría llena de risas, y sería feliz.
