– Tengo otro ridículo en el coche -dijo, lentamente y con una deferencia extraña y absolutamente atípica en ella-. Permíteme, por favor, ir a buscarlo.

– No sabe cuánto me gustaría complacerla -dijo él lisa y llanamente-, pero no puedo. Igual tiene dos pistolas escondidas debajo del asiento.

Grace tragó saliva, pensando en el collar de esmeraldas.

– Además -añadió él, ya en un tono casi de coqueteo-, veo que es usted el tipo de mujer más enloquecedor. -Exhaló un teatral suspiro-. Capaz. Vamos, reconózcalo. -La obsequió con una sonrisita subversiva-. Es una jinete experta, tiene excelente puntería, y es capaz de recitar las obras completas de Shakespeare del derecho y del revés.

Si acaso, la viuda palideció más aún al oír eso.

– Ay, si fuera veinte años mayor -dijo él, suspirando-, no la dejaría escapar.

– Por favor -suplicó la viuda-. Hay una cosa que debo darte.

– Bueno, eso sí es una novedad -comentó él-. La gente rara vez desea dar cosas. Eso a uno lo hace sentirse no amado.

Grace alargó la mano hacia la viuda.

– Permítame que la asista -insistió.

No estaba bien la duquesa, no podía estar bien. Jamás era humilde, jamás suplicaba ni…

– ¡Cógela! -dijo de pronto la viuda, cogiéndole el brazo y lanzándola hacia el bandolero-. Puedes retenerla de rehén, con la pistola apuntada a su cabeza si quieres. Te prometo que volveré y sin arma.

Grace se tropezó, casi inconsciente por la conmoción, y fue a chocar de espaldas contra el cuerpo del bandolero, que al instante la rodeó con un brazo. Era una especie de abrazo raro, casi protector, y comprendió que él estaba tan pasmado como ella.

Los dos observaron a la viuda, que sin esperar el consentimiento de él, se apresuró a subir al coche.

Grace intentó continuar respirando; tenía la espalda apoyada en él, y él tenía la enorme mano apoyada en su abdomen, tocándole suavemente la cadera derecha con los dedos doblados. Él tenía el cuerpo cálido, ella se sentía acalorada y, santo cielo, jamás, jamás en su vida, había estado tan cerca de un hombre.



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