
Visitaba Clyvedon de vez en cuando y, para el segundo aniversario de Simon, regresó con la intención de encargarse personalmente de la educación del conde. Le había comprado un pony, una pistola para cuando fuera mayor y acudiera a la caza del zorro y había contratado a maestros para que le enseñaran todo lo que un hombre puede saber.
– ¡Es demasiado joven para todo esto! -exclamó la niñera Hopkins.
– Bobadas -respondió el duque de un modo condescendiente-. Obviamente, no espero que se especialice en ninguna de estas materias en los próximos años, pero nunca es demasiado temprano para iniciar la educación de un duque.
– No es un duque -dijo la niñera.
– Lo será.
Hastings le dio la espalda y se agachó junto a su hijo, que estaba construyendo un castillo asimétrico con unos bloques en el suelo. El duque hacía meses que no iba a Clyvedon y quedó encantado con lo mucho que Simon había crecido. Era un niño sano y fuerte, de cabello castaño y ojos azules.
– ¿Qué estás construyendo, hijo?
Simon sonrió y señaló.
Hastings miró a la niñera Hopkins.
– ¿No habla?
Ella agitó la cabeza.
– Todavía no, señor.
El duque frunció el ceño.
– Tiene dos años. ¿No debería hablar ya?
– Algunos niños les cuestas más que a otros, señor. Pero está claro que es un chico brillante.
– Claro que lo es. Es un Basset.
La niñera asintió. Siempre lo hacía cuando el duque hablaba de la supuesta superioridad de los Basset.
– A lo mejor -sugirió-, no tiene nada que decir.
El duque no pareció demasiado convencido, pero le dio a Simon un soldado de juguete, le acarició la cabeza y se fue a montar la nueva yegua que le había comprado a lord Worth.
Sin embargo, dos años después no tuvo tanta paciencia.
