
– ¿Por qué no habla? -gritó.
– No lo sé -respondió la niñera, retorciendo las manos.
– ¿Qué le ha hecho?
– ¡Yo no le he hecho nada!
– Si hubiera hecho bien su trabajo, mi hijo -dijo, señalando a Simon con un enfurecido dedo-, hablaría.
El niño, que estaba practicando con las letras en su pequeño escritorio, no se perdía detalle de la conversación.
– Por el amor de Dios, tiene cuatro años -gruñó el duque-. Se supone que ya debería hablar.
– Sabe escribir -se apresuró a decir la niñera Hopkins-. He criado a cinco niños, y ninguno aprendió a escribir tan rápido como el señorito Simon.
– Si no puede hablar, va a necesitar escribir mucho -dijo, y añadió, dirigiéndose al niño, con los ojos encendidos-. ¡Di algo, maldita sea!
Simon se echó hacia atrás, con los labios temblorosos.
– ¡Señor! -exclamó la niñera-. Lo está asustando.
Hastings dio media vuelta para mirarla a la cara.
– A lo mejor es lo que necesita. A lo mejor necesita una buena dosis de disciplina. Una buena zurra quizá sirva para hacerle hablar.
Cogió el cepillo de plata que la niñera usaba para peinar a Simon y se dirigió hacia su hijo.
– Yo te haré hablar, pequeño estúpido…
– ¡No!
La niñera Hopkins contuvo la respiración. El duque dejó caer el cepillo. Fue la primera vez que escucharon la voz de Simon.
– ¿Qué has dicho? -susurró el duque, con los ojos llenos de lágrimas.
Simon cerró los puños y la mandíbula y empezó a moverse cuando dijo:
– No me p-p-p-p-p-p-p…
El duque palideció.
– ¿Qué está diciendo?
Simon volvió a intentarlo.
– N-n-n-n-n-n-n…
– Dios mío -susurró el duque, horrorizado-. Es tonto.
– ¡No es tonto! -dijo la niñera, abrazando al niño.
– N-n-n-n-n-n-n-no me p-p-p-p-p-p-p -Simon respiró hondo-, p-p-pegues.
Hastings se dejó caer en una silla, con la cabeza entre las manos.
