
– ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Qué podría haber hecho para…
– ¡Debería alegrarse por él! -le recriminó la niñera-. Lleva cuatro años esperando a que hable y, ahora, cuando lo hace…
– ¡Es idiota! -gritó Hastings-. ¡Un maldito idiota!
Simon se echó a llorar.
– El condado de Hastings va a ir a manos de un tonto -dijo el duque-. Tantos años esperando un heredero y todo para nada. Debería haberle dado el título a mi primo. -Le dio la espalda a su hijo, que se estaba secando las lágrimas con las manos, intentando ser fuerte ante su padre-. No puedo mirarlo. Ni siquiera soporto mirarlo.
Y, entonces, se fue.
La niñera abrazó al niño.
– No eres tonto -le susurró, furiosa-. Eres el niño más listo que conozco. Y si alguien pude aprender a hablar correctamente, ése eres tú.
Simon se acurrucó en su regazo y sollozó.
– Ya verás -dijo la niñera-. Tendrá que tragarse sus palabras, aunque sea lo último que haga en esta vida.
La niñera Hopkins se esforzó por cumplir su palabra. Mientras el duque de Hastings se instaló en Londres e intentó hacer ver que no tenía ningún hijo, ella pasó cada minuto del día con Simon, enseñándole letras y sonidos, elogiándolo cuando hacía algo bien y dándole palabras de ánimo cuando fallaba.
Los progresos eran lentos pero, poco a poco, el discurso de Simon fue mejorando. A los seis años, el «n-n-n-n-n-n-n-no» se había convertido en «n-n-no», y a los ocho ya decía frases enteras sin titubear. Sin embargo, cuando estaba nervioso o enfadado seguía teniendo problemas, y la niñera Hopkins tuvo que recordarle que tenía que estar tranquilo si quería pronunciar las palabras enteras.
Pero Simon estaba decidido, era inteligente y, lo más importante, era muy testarudo. Aprendió a respirar hondo antes de cada frase y a pensar lo que iba a decir antes de abrir la boca. Memorizó la sensación que tenía en la boca cuando hablaba bien e intentó analizar qué era lo que no funcionaba cuando tartamudeaba.
