
– La lividez es uniforme -prosiguió Sakai-. Según ese dato y el rigor mortis, yo diría que este tío lleva muerto entre seis y ocho horas. No te puedo decir más hasta que analice la temperatura, así que de momento tendrás que conformarte.
Sakai no levantó la mirada al decir esto, sino que él y su amigo Osito empezaron a registrar los bolsillos del pantalón militar del cadáver. Todos, incluidos los enormes bolsillos laterales, estaban vacíos. Luego le dieron la vuelta para verificar los de atrás, hecho que Bosch aprovechó para examinar de cerca la espalda desnuda del cadáver. La piel se había tornado violácea a causa de la lividez y la suciedad, pero Bosch no vio ningún rasguño o marca que indicara que el cuerpo había sido arrastrado.
– En los pantalones no hay nada para identificarlo -dijo Sakai, todavía sin alzar la vista.
A continuación empezaron a tirar cuidadosamente de la camisa negra con el objeto de descubrir la cabeza. El muerto tenía el cabello ondulado, con más canas que pelo negro. Llevaba una barba descuidada y aparentaba unos cincuenta años, por lo que Bosch dedujo que tendría unos cuarenta. En el bolsillo de la camisa había algo que el ayudante del forense se apresuró a sacar; después de examinarlo un momento, lo metió en una bolsita de plástico que le ofreció su compañero.
– ¡Eureka! -comentó Sakai, pasándole la bolsita a Bosch-. El equipo completo. Esto nos facilita el trabajo.
Acto seguido, Sakai levantó los párpados agrietados del cadáver. Los ojos eran azules, con un barniz lechoso y unas pupilas reducidas al tamaño de la punta de un lápiz. Bosch sintió que le miraban, y cada pupila era un pequeño agujero negro.
Sakai tomó notas en un bloc, aunque ya había tomado una decisión. Sacó una almohadilla de tinta y una ficha de su caja, entintó los dedos de la mano izquierda del cadáver y los estampó sobre la ficha. Bosch estaba admirando la destreza y rapidez con la que llevaba a cabo esta operación cuando, de pronto, el ayudante del forense se detuvo.
