
– Eh, mira.
Movió el dedo índice con delicadeza y lo hizo girar en todas direcciones. La articulación estaba rota, aunque no había señal de inflamación o hemorragia.
– Parece post mórtem -opinó Sakai.
Bosch se acercó para examinar el dedo con cuidado, quitándole la mano a Sakai y palpándola directamente, sin guantes. Luego lanzó una mirada recriminatoria, primero a Sakai y luego a Osito.
– No empieces, Bosch -protestó Sakai-. A él no lo mires. Nunca haría algo así; es alumno mío.
Bosch no le recordó a Sakai que era él quien iba al volante de la camioneta de Homicidios cuando, unos meses antes, perdieron un cadáver atado a una camilla de ruedas en plena autopista. La camilla rodó por la salida de Lankershim Boulevard y se estrelló contra un coche aparcado en una gasolinera. Para colmo, por culpa de la separación de vidrio en la camioneta, Sakai no se enteró hasta que llegó al depósito.
Bosch devolvió la mano del muerto al ayudante del forense, quien se volvió hacia Osito y le hizo una pregunta en español. El rostro pequeño y moreno de Osito se ensombreció y luego negó con la cabeza.
– Ni siquiera le ha tocado las manos. Antes de acusar a alguien, asegúrate de que es el culpable.
Cuando Sakai terminó de tomar las huellas dactilares, le pasó la ficha a Bosch.
– Mete las manos en bolsas -le dijo éste, a pesar de que no hacía falta-. Y los pies.
Bosch retrocedió un poco y empezó a agitar la ficha para secar la tinta, mientras con la otra mano aguantaba la bolsa con la prueba que le había pasado Sakai. Contenía una aguja hipodérmica, una ampollita medio llena de algo que parecía agua sucia, un poco de algodón y una caja de cerillas. Era un equipo completo para chutarse, con aspecto de estar relativamente nuevo. La aguja estaba limpia, sin rastro alguno de corrosión. El algodón, supuso Harry, sólo había sido usado como colador una o dos veces, porque había unos cristalitos de color marrón blancuzco entre las fibras. Dándole la vuelta a la bolsa de plástico consiguió ver el interior de la caja de cerillas y descubrió que sólo faltaban dos.
