
En ese momento, Donovan salió a gatas de la tubería. Llevaba un casco de minero y unas cuantas bolsitas de plástico que contenían objetos tan diversos como un periódico amarillento, un envoltorio y una lata de cerveza arrugada. En la otra mano sostenía un plano que mostraba dónde había encontrado cada cosa en la tubería. Le colgaban telarañas del casco y el sudor le surcaba el rostro, manchando la mascarilla que le tapaba boca y nariz. Cuando Bosch le mostró la bolsa con el equipo para chutarse, Donovan se paró en seco.
– ¿Has encontrado una olla? -le preguntó Bosch.
– ¡No me digas que es un yonqui! -exclamó Donovan-. Lo sabía… ¿Entonces por qué cono estamos haciendo todo esto?
Bosch no contestó, sino que esperó a que se calmara.
– La respuesta es sí. He encontrado una lata de Coca-Cola -contestó finalmente Donovan.
El experto en huellas repasó las bolsitas de plástico y le pasó a Bosch una que contenía dos mitades de una lata de Coca-Cola. La lata parecía bastante nueva; la habían cortado en dos con una navaja y habían usado la superficie cóncava de la parte inferior para calentar la heroína y el agua: una olla. La mayoría de drogadictos ya no utilizaban cucharas porque llevar una encima constituía motivo de detención. Las latas, sin embargo, eran fáciles de obtener y se podían usar y tirar.
– Necesitamos las huellas dactilares del equipo y la lata lo antes posible -afirmó Bosch. Donovan asintió y se llevó su cargamento de bolsitas de plástico hacia la camioneta. Harry volvió su atención a los hombres del forense.
– ¿Llevaba navaja? -preguntó. -No -confirmó Sakai-. ¿Por qué? -Me falta la navaja. Sin navaja, la escena está incompleta.
