
Flaster se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo de seda.
—Sus rutinas funcionaron casi de inmediato. Y sintonizaron con el mundo más sorprendentemente parecido a la Tierra posible. Los biólogos están extasiados, por decirlo en pocas palabras.
Dennis contempló a la criatura muerta dentro del cristal. ¡Un mundo entero! ¡Lo conseguimos!
El sueño del doctor Guinasso se había hecho realidad. ¡El zievatrón era la llave a las estrellas! El resentimiento personal de Dennis desapareció. Se sentía genuinamente emocionado por el logro de Flaster.
El director se levantó y volvió a acercarse a la jarra de café para llenar otra vez su taza.
—Sólo hay un problema —dijo tranquilamente, de espaldas al joven.
Dennis alzó la cabeza, sus pensamientos aún dispersos.
—¿Un problema, señor?
—Bueno, sí. —Flaster se volvió, removiendo el café—. En realidad, tiene que ver con el zievatrón en sí.
Dennis frunció el ceño.
—¿Qué pasa con el zievatrón?
Flaster alzó su tacita con dos dedos.
—Bueno —suspiró entre sorbos—. Parece que no podemos hacer que esa maldita máquina vuelva a funcionar.
3
Flaster no bromeaba. El zievatrón estaba atascado.
Después de pasar casi un día entero hurgando en las entrañas de la máquina, Dennis seguía tratando de acostumbrarse a los cambios efectuados en el Laboratorio Uno desde su marcha.
Los generadores principales eran los mismos, igual que las viejas sondas de realidad que el doctor Guinasso y él habían sintonizado laboriosamente a mano durante los primeros días. Flaster y Brady no se habían atrevido a tocarlas.
Pero habían traído tanto equipo nuevo que incluso el cavernoso laboratorio principal estaba lleno a rebosar. Había suficientes columnas de electroforesis, por ejemplo, para analizar una bullabesa de Burdeos.
