—Ah —dijo Dennis. ¡Lo sabía! ¡Aquí viene! ¡La pega!

Flaster rebuscó bajo la mesa y sacó una caja de cristal. Dentro había una monstruosidad de alas velludas y dientes afilados como cuchillas, rígida y sin vida.

—Después de que nos ayudara a recapturarla el sábado por la noche, decidí que era demasiado problemática para valer la pena. Se la entregué a nuestro taxidermista…

Dennis trató de respirar con normalidad. Los ojillos negros lo miraron, vidriosos. Ahora mismo parecían menos cargados de malevolencia que de profundo misterio.

—Quería usted saber más sobre esta cosa —dijo Flaster—. Como seguro sucesor mío, tiene derecho a averiguarlo.

—Los demás piensan que es del Centro Genético —comentó Dennis.

Flaster se echó a reír.

—Pero usted sabe bien que no, ¿verdad? Los creavidas no son lo bastante buenos en su nuevo arte para producir algo tan único —dijo con retintín—. Tan salvaje.

»No. Como usted supuso, nuestro amiguito no procede del laboratorio de genética, ni de ninguna parte de nuestro sistema solar, por otro lado. Vino del Laboratorio Uno… de uno de los mundos anómalos con los que hemos contactado por medio del zievatrón.

Dennis se puso en pie.

—¡Lo han hecho funcionar! ¡Han contactado con algo que no es el vacío, o la niebla púrpura!

Su mente giraba.

—¡Respiraba aire terrestre! ¡Engulló una docena de canapés, además de un trocito de la oreja de Brian Yen, y siguió adelante! La bioquímica de esa cosa debe de ser…

—Es… es casi exactamente como la terrestre —asintió Flaster.

Dennis sacudió la cabeza. Se sentó pesadamente.

—¿Cuándo descubrieron ese sitio?

—Lo encontramos durante una búsqueda de anomalías zievatrónicas, hace tres semanas. Después de cinco meses de fracasos, he de admitir abiertamente que al final conseguimos el éxito tras regresar a la rutina de investigación que usted diseñó, Nuel.



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