
Todavía no había decidido si sentirse entusiasmado o aterrado por la idea.
—Flasteria —dijo Brady.
—¿Cómo dice? —preguntó Dennis, parpadeando.
—Es el nombre que le hemos puesto al planeta; Flasteria, Nuel.
Dennis intentó silabear la palabra, luego renunció. Y un cuerno.
—De todas formas —continuó Brady—, no es ningún gran descubrimiento. Ya me había dado cuenta de que es el mecanismo de regreso lo que está estropeado.
Dennis empezaba a irritarse con la actitud de aquel tipo. Se encogió de hombros.
—Claro que ya lo sabía. ¿Pero cuánto tiempo tardó en darse cuenta?
Supo que había dado en el clavo cuando la cara de Brady se puso roja.
—No importa —dijo Dennis mientras se levantaba, frotándose las manos—. Vamos, Brady. Lléveme a dar una vuelta por su zoo. Si tengo que entrar y visitar ese lugar, quiero saber más acerca del tema.
¡Mamíferos! ¡Los animales cautivos eran mamíferos de cuatro patas, peludos y capaces de respirar aire!
Contempló uno que parecía un pequeño hurón mientras hacía un rápido inventario mental: nariz con dos ventanas sobre la boca, bajo unos ojos de cazador; cinco dedos en forma de garra en cada pata, y una cola larga y peluda. Una carta tomográfica delante de la jaula mostraba un corazón de cuatro cámaras, un esqueleto de aspecto bastante terrestre, y al parecer todo tipo de vísceras comunes en los sitios habituales.
¡Y sin embargo era un alienígena!
Por un momento, la criatura devolvió la mirada a Dennis luego bostezó y se dio la vuelta.
—Los biólogos han comprobado la ausencia de gérmenes perniciosos y ese tipo de cosas —dijo Brady, respondiendo a la siguiente pregunta de Dennis—. Los cobayas que enviaron en uno de los robots exploradores vivieron en Flasteria varios días y volvieron perfectamente sanos.
