—¿Qué hay de la bioquímica? ¿Son iguales los aminoácidos, por ejemplo?

Brady cogió un clasificador de unos quince centímetros de grosor.

—El doctor Nelson tuvo que regresar ayer a Palermo. Otra de las movidas del Gobierno, supongo. Pero aquí está su informe. —Depositó el grueso tomo sobre las manos de Dennis—. ¡Estúdielo!

Dennis estuvo a punto de decirle a Brady dónde podía meterse el informe por el momento. Pero en ese justo instante un brusco chasquido sonó al fondo de la fila de jaulas. Los dos hombres se volvieron para ver cómo una sólida caja de madera empezaba a agitarse y sacudirse.

Brady maldijo en voz alta.

—¡Rayos y centellas! ¡Se está escapando otra vez! —corrió hacia una pared y pulsó un botón de alarma. De inmediato, empezó a sonar una sirena.

—¿Qué se está escapando? —Dennis retrocedió. El pánico en la voz de Brady le había afectado—. ¿Qué es?

—¡La criatura! —gritó Brady por el intercomunicador, casi sin hacerle caso a Dennis—. ¡La que volvimos a capturar y metimos en esa caja temporal… sí, la peligrosa! ¡Está escapando otra vez!

Se produjo un estrépito de madera al romperse, y una tabla cayó de un lado de la caja. Desde la oscuridad interior, un par de diminutos reflejos verdes miraban a Dennis.

Dennis sólo pudo presumir que se trataba de ojos, pequeños y situados apenas a una pulgada de distancia entre sí. Las chispas verdes parecían atraerle, y no podía apartar la mirada. Se observaron mutuamente, terrestre y alienígena.

Brady gritaba mientras un equipo de trabajo entraba corriendo en la sala.

—¡Rápido! ¡Preparen las redes por si salta! ¡Asegúrense de que no suelta a los otros animales, como la última vez!

Dennis se sentía cada vez más inquieto. La mirada verde era desconcertante. Buscó un lugar donde dejar el pesado libro que tenía en las manos.



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