
A las siete de la mañana, Gabbie había abierto de golpe la puerta de su habitación y lo había metido en la ducha por la oreja, ignorando sus aullidos de protesta y su pudor. Mantuvo una formidable tenaza sobre su brazo hasta que ambos se sentaron en la sala de conferencias del Tecnológico Sahariano.
Dennis se frotó el brazo por encima del codo. Un día de éstos, decidió, iba a entrar en la habitación de Gabbie e iba a tirar todas las pelotitas de goma que la pelirroja gustaba de apretujar mientras estudiaba.
Ella volvió a darle un codazo.
—¿Quieres estarte quieto? ¡Tienes la capacidad de atención de una nutria vieja! ¿Quieres encontrarte aún más apartado del experimento en zievatrónica?
Como de costumbre, Gabbie tenía razón. Él sacudió la cabeza en silencio, a hizo un esfuerzo por prestar atención.
El doctor Flaster terminó de dibujar una vaga figura en el holotanque situado en la parte delantera de la sala. El psicofísico depositó el lápiz óptico sobre el atril a inconscientemente se frotó las manos en los pantalones, aunque 1a última tiza de la historia había desaparecido hacía más de treinta años.
—Eso es un zievatrón —anunció orgullosamente.
Dennis miró incrédulo el dibujo lumínico.
—Si eso es un zievatrón, yo soy abstemio —susurró—. ¡Flaster ha dibujado los polos al revés, y el campo está invertido.
Gabriella se puso del mismo tono que su fiero cabello rojo. Clavó las uñas en el muslo de Dennis.
Dennis dió un respingo, pero se las arregló para componer una expresión de inocencia corderil cuando Flaster, miope, alzó la cabeza. Un momento después, el director se aclaró la garganta.
—Como decía antes, todos los cuerpos poseen centros de masa. El centroide de un objeto es el punto de equilibrio, donde puede decirse que todas las fuerzas netas vienen a jugar… el punto al cual puede atribuirse su realidad.
