Después de la conferencia, mientras la muchedumbre de adormilados jóvenes científicos se dispersaba para buscar rincones secretos donde echar una cabezada, Dennis se pasó por el tablón de anuncios, esperando ver alguna demanda de otro centro de investigación dedicado a la zievatrónica.

Por supuesto, no había nada. El Tecnológico Sahariano era el único lugar donde se hacían trabajos verdaderamente avanzados con el efecto ziev. Dennis lo sabía bien. Había sido responsable de muchos de esos avances. Hasta hacía seis meses.

Mientras la sala de conferencias se quedaba vacía, Dennis vio a Gabriella marcharse, cogida del brazo de Bernald Brady, que se pavoneaba como si acabara de conquistar el monte Everest. Claramente, estaba loco de amor.

Dennis le deseó suerte. Sería agradable ver que las atenciones de Gabriella se centraban en otra parte durante algún tiempo. Gabbie era una científica competente por méritos propios, desde luego. Pero era un poco demasiado tenaz para que Dennis se sintiera relajado con ella.

Consultó su reloj. Era hora de ver qué quería Flaster. Dennis enderezó los hombros. Había decidido que no se contentaría con más evasivas. ¡Flaster iba a tener que responder algunas preguntas, o dimitiría!

2

—¡Ah, Nuel! ¡Pase!

Marcel Flaster, con el pelo plateado y ligeramente tripón, se levantó de detrás de la brillantemente vacía extensión de su mesa.

—Tome asiento, muchacho. ¿Quiere un cigarro? Acaban de llegar de Nueva Habana, en Venus.

Señaló a Dennis un mullido sillón junto a una lavalamp que se alzaba del suelo al techo.

—Dígame, joven, ¿cómo le va con ese proyecto de inteligencia artificial en el que ha estado trabajando?

Dennis se había pasado los últimos seis meses dirigiendo un pequeño programa de IA constreñido por una ley infranqueable… aunque ya se había demostrado en el 2024 que la auténtica inteligencia artificial era un callejón sin salida.



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