
Dennis parpadeó, pillado completamente por sorpresa.
—Oh —dijo, concisamente.
Flaster se levantó y se acercó a una intrincada cafetera exprés que había en una mesa lateral. Sirvió dos tacitas de denso café Montañas Atlas y ofreció una a Dennis, quien la aceptó aturdido. Apenas saboreó el denso y dulce brebaje.
Flaster regresó a su mesa y sorbió delicadamente el café de su tacita.
—No creerá que íbamos a dejar a nuestro máximo experto en el efecto ziev enmohecerse en segunda fila eternamente, ¿verdad? ¡Claro que no! Planeaba trasladarle de vuelta al Laboratorio Uno en cuestión de semanas, de todas formas. Y ahora que la posición subministerial ha abierto…
—¿La qué?
—¡La subministerial! El Gobierno de Mediterránea ha vuelto a cambiar, y mi viejo amigo Boona Calumny tiene la cartera de Ciencias. Así que cuando me llamó el otro día para pedirme ayuda… —Flaster extendió las manos como para decir que el resto era obvio.
Dennis no daba crédito a sus oídos. Estaba seguro de que le caía mal a Flaster. ¿Qué demonios podía motivarlo a optar por Dennis cuando se trataba de elegir a un sustituto?
Dennis se preguntó si su antipatía hacia Flaster le había impedido ver algún aspecto más noble del hombre.
—¿He de suponer que está interesado?
Dennis asintió. No le importaba cuáles fueran los motivos de Flaster, siempre y cuando pudiera volver a poner las manos en el zievatrón.
—¡Excelente! —Flaster volvió a alzar su taza—. Por supuesto, primero hay que resolver un pequeño detalle… un asuntillo menor, en realidad. Sólo algo que demuestre al laboratorio su habilidad como líder y garantice la aceptación por parte de todos sin excepción.
