
– Salgamos -dijo Adamsberg pagando de repente la comida-, la mujer se irá si no. Mira, ya se está desanimando, la invade la duda.
– Yo también dudo -dijo Veyrenc tomándose el café de un trago-. Pero a mí no me ayudas.
– No.
– Muy bien. Así va el que vacila, por meandros, rodeos, / Solo y sin una mano que le brinde socorro.
– Uno siempre conoce su decisión mucho antes de tomarla. En realidad, desde el principio. Por eso los consejos no sirven de nada. Salvo para decirte una vez más que tus versificaciones irritan al comandante Danglard. No le gusta que se destroce el arte poético.
Adamsberg saludó al dueño con gesto sobrio. Era inútil decirle nada, al orondo hombre no le gustaba; o, para ser más precisos, no le gustaba ser simpático. Era como su establecimiento: desangelado, ostensiblemente popular y casi hostil a la clientela. La lucha era áspera entre ese orgulloso bareto y la opulenta brasserie de enfrente. A medida que la Brasserie des Philosophes acentuaba su aspecto de vieja burguesa rica y estirada, el Cubilete empobrecía su apariencia, en una lucha social sin piedad entre ambos establecimientos. «Algún día», mascullaba el comandante Danglard, «habrá un muerto». Sin contar con la corsa menuda que atiborraría el gaznate a su marido con miga de pan.
Al salir del café, Adamsberg bufó al contacto con el aire ardiente y se dirigió con cautela hacia la mujer bajita y enjuta, que seguía apostada a unos pasos de la Brigada. Había una paloma en el suelo, delante de la puerta del edificio, y pensó que, si al pasar hacía que el pájaro levantara el vuelo, la mujer volaría con él por mimetismo.
