
Veyrenc pidió dos cafés al dueño, un hombre grueso cuyo humor, siempre gruñón, empeoraba con el calor. Su mujer, una corsa menuda y muda, pasaba cual hada negra llevando los platos.
– Un día -dijo Adamsberg señalándola con un gesto- lo asfixiará con dos puñados de miga de pan.
– Es muy posible -asintió Veyrenc.
– Sigue esperando en la acera -dijo Adamsberg tras una nueva mirada por la ventana-. Lleva casi una hora esperando bajo este sol de plomo. No sabe qué hacer, qué decidir.
Veyrenc siguió la mirada de Adamsberg, que examinaba a una mujer bajita y enjuta, pulcramente vestida con una bata floreada de las que no se encuentran en las tiendas de París.
– No puedes estar seguro de que esté allí por ti. No está frente a la Brigada, va y viene a diez metros de allí. Debe de tener una cita y le han dado plantón.
– Es por mí, Veyrenc, no cabe duda. ¿A quién se le ocurriría dar cita a alguien en esta calle? Tiene miedo, eso es lo que me preocupa.
– Es porque no es de París.
– Incluso puede que sea la primera vez que viene. Lo cual quiere decir que tiene un problema serio. Lo cual no resuelve el tuyo, Veyrenc: llevas meses pensando con los pies en tu río y aún no te has decidido.
– Podrías ampliar el plazo.
– Ya lo hice. A las seis de esta tarde tienes que haber firmado, o no. Que volver a ser policía o no. Te quedan cuatro horas y media -añadió al desgaire Adamsberg mientras consultaba el reloj, más exactamente los dos relojes que llevaba en la muñeca sin que nadie supiera exactamente por qué.
– Tengo todo el tiempo del mundo -dijo Veyrenc removiendo el café.
El comisario Adamsberg y el exteniente Louis Veyrenc de Bilhc, oriundos de sendos pueblos de los Pirineos, tenían en común una especie de tranquilidad desprendida que resultaba bastante desconcertante. En Adamsberg podía presentar todos los signos de una falta de atención y una indiferencia chocantes. En Veyrenc, ese desapego generaba alejamientos inexplicables y una obstinación persistente, en ocasiones maciza y silenciosa, eventual mente marcada por arranques de ira. Cosas de la vieja montaña, decía Adamsberg sin buscar más justificación. La vieja montaña no puede producir gramíneas divertidas y juguetonas como las hierbas ondulantes de las grandes praderas.
