Como si fuera leve, volátil, capaz de desaparecer cual brizna al viento. De cerca, calculó que debía de tener unos sesenta y cinco años. Había tenido cuidado de ir a la peluquería antes de viajar a la capital, unos bucles amarillentos resistían en sus cabellos grises. Cuando habló Adamsberg, la paloma no se inmutó, y la mujer se volvió hacia él con semblante temeroso. Adamsberg se expresó lentamente, preguntándole si necesitaba ayuda.

– No, gracias -contestó la mujer desviando la mirada.

– ¿No quiere entrar? -dijo Adamsberg señalando el viejo edificio de la Brigada Criminal-, Para hablar con un policía, o algo. Porque en esta calle, aparte de eso, no hay gran cosa más que hacer.

– Pero, si la policía no le hace caso a uno, no sirve de nada ir allí -dijo ella retrocediendo unos pasos-. La policía no la cree a una, ¿sabe?

– Pero es allí adónde iba usted, ¿no? A la Brigada…

La mujer bajó las cejas casi transparentes.

– ¿Es la primera vez que viene a París?

– Sí, desde luego. Y tengo que estar de vuelta esta noche. No tienen que darse cuenta.

– ¿Ha venido a ver a un policía?

– Sí. Bueno, puede que sí.

– Soy policía. Trabajo allí.

La mujer echó una ojeada al atuendo un tanto descuidado de Adamsberg y pareció decepcionada o escéptica.

– Entonces debe de conocerlos bien.

– Sí.

– ¿A todos?

– Sí.

La mujer abrió su gran bolso marrón, raído por los lados, y sacó un papel que desdobló con esmero.

– El señor comisario Adamsberg -leyó con aplicación-. ¿Lo conoce?

– Sí. ¿Viene de lejos para verlo?

– De Ordebec -dijo como si esa confesión personal le costara.

– No me suena.

– Digamos que está cerca de Lisieux.

Normandía, pensó Adamsberg, lo cual podía explicar la reticencia a hablar de la mujer. El comisario había conocido a varios normandos, unos «calladizos» a quienes había tardado días en domesticar. Como si soltar unas cuantas palabras equivaliera a dar un doblón de oro no necesariamente merecido. Adamsberg echó a andar, animando a la mujer a que lo acompañara.



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