
– No, gracias -contestó la mujer desviando la mirada.
– ¿No quiere entrar? -dijo Adamsberg señalando el viejo edificio de la Brigada Criminal-, Para hablar con un policía, o algo. Porque en esta calle, aparte de eso, no hay gran cosa más que hacer.
– Pero, si la policía no le hace caso a uno, no sirve de nada ir allí -dijo ella retrocediendo unos pasos-. La policía no la cree a una, ¿sabe?
– Pero es allí adónde iba usted, ¿no? A la Brigada…
La mujer bajó las cejas casi transparentes.
– ¿Es la primera vez que viene a París?
– Sí, desde luego. Y tengo que estar de vuelta esta noche. No tienen que darse cuenta.
– ¿Ha venido a ver a un policía?
– Sí. Bueno, puede que sí.
– Soy policía. Trabajo allí.
La mujer echó una ojeada al atuendo un tanto descuidado de Adamsberg y pareció decepcionada o escéptica.
– Entonces debe de conocerlos bien.
– Sí.
– ¿A todos?
– Sí.
La mujer abrió su gran bolso marrón, raído por los lados, y sacó un papel que desdobló con esmero.
– El señor comisario Adamsberg -leyó con aplicación-. ¿Lo conoce?
– Sí. ¿Viene de lejos para verlo?
– De Ordebec -dijo como si esa confesión personal le costara.
– No me suena.
– Digamos que está cerca de Lisieux.
Normandía, pensó Adamsberg, lo cual podía explicar la reticencia a hablar de la mujer. El comisario había conocido a varios normandos, unos «calladizos» a quienes había tardado días en domesticar. Como si soltar unas cuantas palabras equivaliera a dar un doblón de oro no necesariamente merecido. Adamsberg echó a andar, animando a la mujer a que lo acompañara.
