– Hay policía en Lisieux -dijo-. Incluso puede que la haya en Ordebec. En su tierra hay gendarmes, ¿no?

– No me harían caso. Pero el vicario de Lisieux, que conoce al cura de Mesnil-Beauchamp, dijo que el comisario de aquí podría escucharme. El viaje me ha salido caro.

– ¿Se trata de algo grave?

– Sí, claro que es grave.

– ¿Un asesinato? -insistió Adamsberg.

– Puede, sí. Bueno, no. Es gente que va a morir. Tengo que avisar a la policía, ¿no?

– ¿Gente que va a morir? ¿Han recibido amenazas?

Ese hombre la tranquilizaba un poco. París la asustaba, y su decisión todavía más: irse a escondidas, engañar a los hijos. ¿Y si el tren no la llevaba de vuelta a tiempo? ¿Y si llegaba tarde al autobús de línea? El policía hablaba con suavidad, un poco como si cantara. Sin duda no era de su tierra. No, más bien un hombrecillo del sur, de piel morena y rasgos marcados. A él le habría contado de buena gana su historia, pero el vicario había sido muy tajante. Tenía que ser al comisario Adamsberg y a nadie más. Y el vicario no era cualquiera; era primo del antiguo fiscal de Rouen, que sabía mucho de policías. Le había dado el nombre de Adamsberg a regañadientes, desaconsejándole que hablara y seguro de que la mujer no haría el viaje. Pero no podía quedarse agazapada mientras se desarrollaban los acontecimientos. No fuera que pasara algo a los hijos.

– Sólo puedo hablar con este comisario.

– Yo soy el comisario.

La mujer pareció a punto de rebelarse, a pesar de su fragilidad.

– Entonces ¿por qué no lo ha dicho enseguida?

– Tampoco sé quién es usted.



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