
– No serviría de nada. Una dice su nombre, y luego todo el mundo lo airea.
– ¿Y qué más le da?
– Problemas. Nadie debe saberlo.
Una lianta, pensó Adamsberg. Que quizá acabaría un día con dos grandes bolas de miga de pan en la garganta. Pero una lianta aterrorizada por un hecho preciso, y eso seguía preocupándolo. Gente que va a morir.
Habían desandado en dirección a la Brigada.
– Sólo he querido ayudarla. Llevaba rato viéndola aquí fuera.
– ¿Y ese hombre? ¿Va con usted? ¿El también me miraba?
– ¿Qué hombre?
– Ese, el del pelo raro, con mechas naranjas. ¿Va con usted?
Adamsberg alzó la mirada y vio a Veyrenc a veinte metros, apoyado en el marco de la puerta. No había entrado en el edificio; esperaba junto a la paloma, que tampoco se había movido.
– Lo hirieron a cuchilladas de pequeño -dijo Adamsberg-. Y en las cicatrices le ha crecido el pelo así. No le aconsejo hacer alusión al tema.
– No pensaba nada malo, no sé expresarme. Casi no hablo en Ordebec.
– No pasa nada.
– En cambio, mis hijos hablan mucho.
– De acuerdo -dijo Adamsberg-, Pero ¿qué demonios le pasa a esa paloma? -añadió en voz baja-. ¿Por qué no vuela?
Cansado de la indecisión de la mujer, el comisario la abandonó para dirigirse hacia el pájaro inmóvil cruzándose con Veyrenc y su paso pesado. Muy bien, que se ocupe de ella si es que eso vale la pena. Se las arreglaría muy bien. El rostro compacto de Veyrenc era convincente, persuasivo, y en eso ayudaba poderosamente una sonrisa poco frecuente que alzaba bonitamente la mitad del labio. Una clara ventaja que Adamsberg había detestado
– Un hijo de perra le ha atado las patas -dijo a Veyrenc examinando el pájaro sucio.
– ¿Se ocupa también de las palomas? -preguntó la mujer sin ironía-. He visto muchas por aquí. No es muy higiénico.
