
– ¿Todos con gripe?
– No. Hubo una pelea la noche pasada. Dos muertos y cuatro heridos. Todo por una Vespa robada.
– Qué horror. Hay que decir que, con este calor, le hierve a uno el entendimiento. Yo me llamo Julien Tuilot, contable jubilado de la compañía ALLB.
– Sí, lo tengo anotado.
– Ella siempre me reprochó que me apellidara Tuilot, cuando su apellido de soltera era Kosquer, era más bonito. Y no deja de ser verdad, dicho sea de paso. Ya decía yo que tenía que ser comisario, con tanta pregunta sobre las migas de pan. Su colega del barrio no es así.
– ¿Le parece a usted que me ocupo demasiado de las migas?
– Haga lo que quiera, vamos. Para su informe, digo. Algo tendrá que poner en el informe, yo lo entiendo. En la ALLB no hacía otra cosa: informes y cuentas. Y aún, si hubieran sido informes honrados… Pero qué va. El jefe tenía su divisa; él siempre decía: una aseguradora no tiene que pagar aunque tenga que pagar. Cincuenta años de trampas así le dejan a uno el coco hecho un asco. Ya se lo decía a mi señora: mucho más útil sería que me lavaras el cerebro en vez de lavar las cortinas.
Julien Tuilot soltó una risita, puntuando su agudeza.
– Es que no entiendo lo del mendrugo.
– Para entenderlo hay que ser lógico, comisario, lógico y astuto. Yo, Julien Tuilot, soy ambas cosas. Llevo ganados dieciséis campeonatos de crucigramas de dificultad máxima en treinta y dos años. Una media de uno cada dos años, y todo con la cabeza. Lógico y astuto. Hay que decir que a esos niveles la cosa da dinero. Eso -dijo señalando el periódico- es de chiste, es para párvulos. Eso sí, obliga a sacar punta a los lápices con mucha frecuencia, y se hacen virutas. ¡Lo que habré tenido que oír, por culpa de las virutas de marras! ¿Qué le extraña tanto de ese pan?
– El hecho de que no esté en la basura, de que no me parezca tan rancio; y no entiendo por qué no tiene miga.
