– Mira dentro de la boca -le dijo-, A ver si encuentras residuos blancos, como miga de pan.

– No tengo muchas ganas.

– Hazlo igualmente. Pienso que el viejo la asfixió llenándole la boca de miga de pan. Luego la sacó y la tiró en alguna parte.

– ¿La miga del mendrugo?

– Sí.

Adamsberg abrió la ventana y las contraventanas de la habitación. Examinó el pequeño patio salpicado de plumas de ave, medio transformado en trastero. En el centro, una rejilla cubría el sumidero. Estaba todavía mojada, pese a que no había llovido.

– Irás a levantar la rejilla. Pienso que tiró allí la miga y luego vació un cubo de agua por encima.

– Es una tontería -dijo Justin dirigiendo su linterna hacia la boca de la anciana-. Si lo hizo, ¿por qué no tiró el mendrugo vacío? ¿Y por qué no limpió las migas?

– Para tirar el mendrugo, tendría que haber ido hasta los contenedores, o sea que tendría que haber salido a la acera en plena noche. Hay una terraza de café justo al lado, y sin duda mucha gente cuando hace calor. Lo habrían visto. Se ha inventado una muy buena explicación para el mendrugo y las migas. Tan original que hasta resulta verosímil. Es campeón de crucigramas, tiene su propia manera de relacionar las ideas.

Adamsberg, con cierta pesadumbre y, a la vez, cierta admiración, volvió junto a Tuilot.

– Cuando Marie y Toni llegaron, ¿sacó usted el pan de la basura?

– Qué va. Conocen el truco y les gusta. Toni se sienta en el pedal del cubo, la tapa se levanta, y Marie saca todo lo que les interesa. Listillos, ¿eh? Astutos, eso desde luego.

– O sea que Marie sacó el pan. ¿Y luego se comieron juntos la miga? ¿Enamorados?



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