– Así es.

– ¿Toda la miga?

– Son ratas grandes, comisario. Son voraces.

– ¿Y las migas? ¿Por qué no se comieron las migas?

– ¿Comisario, nos ocupamos de Lucette o de las ratas?

– No entiendo por qué guardó usted el pan en el trapo después de que lo comieran las ratas. Sobre todo cuando previamente lo había tirado a la basura.

El viejo escribió unas letras en el crucigrama.

– A usted no deben de dársele muy bien los crucigramas, comisario. Si hubiera tirado el mendrugo vacío a la basura, como puede imaginar, Lucette habría comprendido enseguida que Toni y Marie habían pasado por aquí.

– Podría haberlo tirado fuera.

– La puerta chirría como un cerdo que degüellan. ¿No se ha fijado?

– Sí.

– Así que lo envolví en el trapo y punto. Eso me evitaba una bronca por la mañana. Porque lo que son broncas, las hay todos los días y sin parar. Por el amor de Dios, si lleva cincuenta años refunfuñando mientras pasa el paño por todas partes, debajo de mi vaso, debajo de mis pies, debajo de mi culo. Ni que no tuviera uno derecho de andar ni de sentarse. Si usted hubiera vivido eso, usted también habría escondido el mendrugo.

– ¿No lo habría visto en la panera?

– Qué va. Por las mañanas come biscotes de pasas. Seguro que lo hace a propósito, porque los biscotes esos sueltan miles de migas. Con lo cual luego se pasa dos horas entretenida. ¿Entiende la lógica?

Justin entró en la sala y dirigió un breve gesto afirmativo a Adamsberg.

– Pero ayer -dijo Adamsberg un tanto abatido- no fue así. Usted sacó la miga, dos puñados compactos, y se la metió en la boca. Cuando dejó de respirar, le sacó la miga y la tiró por el sumidero del patio. Me asombra que haya elegido este método para matarla. Nunca había visto a nadie asfixiar a alguien con miga de pan.

– Es inventivo -confirmó tranquilamente Tuilot.



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