– Como puede imaginar, señor Tuilot, encontraremos restos de saliva de su mujer en la miga de pan. Y como es usted lógico y astuto, también encontraremos huellas de dientes de ratas en el mendrugo. Les dejó apurar la miga para acreditar su historia.

– Les encanta meterse en los mendrugos, da gusto verlas. Anoche lo pasamos muy bien, de verdad. Incluso me tomé un par de copas mientras Marie me rascaba la cabeza. Luego lavé y guardé el vaso, para evitar la reprimenda. Y eso que ya estaba muerta.

– Y eso que acababa usted de matarla.

– Sí -dijo el hombre con un suspiro distraído, mientras rellenaba unas casillas del crucigrama-. El médico había pasado a verla el día anterior. Me dijo que todavía podía vivir meses. Eso significaba no sé cuántas decenas de martes con empanadillas de carne, cientos de recriminaciones, miles de pasadas de trapo. A mis ochenta y seis años, tengo derecho de empezar a vivir. Hay noches así. Noches en que un hombre se levanta y actúa.

Tuilot se levantó, abrió las contraventanas del comedor, dejando paso al calor excesivo y tenaz de ese principio de agosto.

– Tampoco quería abrir las ventanas. Pero no diré nada de todo esto, comisario. Diré que la maté para ahorrarle sufrimiento. Con miga de pan porque le gustaba el pan, como una última golosina. Aquí dentro lo tengo todo previsto -dijo dándose con el dedo en la frente-. No hay nada que demuestre que no lo hice por caridad, ¿verdad? Por caridad. Quedaré absuelto y, al cabo de dos meses, estaré de nuevo aquí, dejaré el vaso directamente en la mesa, sin sacar el tapete, y viviremos felices los tres. Toni, Marie y yo.

– Sí, eso creo -dijo Adamsberg levantándose lentamente-. Pero es posible, señor Tuilot, que no se atreva a dejar la marca del vaso en la mesa. Y puede que saque el tapete. Y limpiará las migas.

– ¿Por qué voy a hacer eso?

Adamsberg se encogió de hombros.

– Es lo que tengo visto. A menudo es lo que sucede.



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