– No se preocupe por mí, vamos. Soy astuto, ¿sabe?

– Es verdad, señor Tuilot.

Fuera, el calor hacía que la gente anduviera por la sombra, pegada a los edificios con la boca abierta. Adamsberg decidió tomar las aceras expuestas al sol, y vacías, y dejarse ir a pie hacia el sur. Una larga caminata para desprenderse del rostro risueño -y efectivamente astuto- del campeón de crucigramas. Que, quizá, algún martes venidero, se compraría una empanadilla de carne para cenar.


Capítulo 2

Llegó a la Brigada una hora y media después, con la camiseta negra empapada en sudor y los pensamientos recolocados. No era frecuente que un pensamiento, bueno o malo, permaneciera mucho tiempo en la mente de Adamsberg. Cabía preguntarse si tenía una mente, decía a menudo su madre. Dictó su informe para el comisario con gripe, pasó por recepción a recoger los mensajes. El cabo Gardon, encargado de la centralita, inclinaba la cabeza para captar el soplo de un pequeño ventilador colocado en el suelo. Dejaba revolotear su pelo fino en la corriente de aire fresco, como si estuviera sentado bajo el casco de una peluquería.

– El teniente Veyrenc lo está esperando en el café, comisario -dijo sin enderezarse.

– ¿En el café o en la brasserie?

– En el café, en el Cubilete.

– Veyrenc ya no es teniente, Gardon. Hasta esta tarde a última hora no sabremos si se reengancha.

– De todos modos, lo está esperando en el café.

Adamsberg contempló unos instantes al cabo, preguntándose si Gardon tenía una mente y, en caso afirmativo, qué tendría dentro.

Se sentó en la mesa de Veyrenc, y los dos hombres se saludaron con sonrisa clara y un largo apretón de manos. A Adamsberg el recuerdo de la aparición de Veyrenc en Serbia



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