
Will la estudió con atención mientras se metía detrás del mostrador. Resultaba difícil describir el aspecto de aquella mujer. Se había puesto un pañuelo en la cabeza para protegerse de la lluvia y el pelo caía empapado y revuelto sobre sus ojos. Tenía una mejilla manchada de barro y la otra con restos de máscara de ojos.
Los vaqueros eran tan anchos y estaban tan mojados que resultaba difícil adivinar la forma de su silueta. Pero tenía unos pies bonitos, se dijo Will, y llevaba las uñas pintadas de color rosa intenso. Parecía joven, probablemente no tendría más de veinticinco o veintiséis años, Will la observó rebuscar en el bolso.
– ¿Es usted estadounidense?
La joven se echó el pelo hacia atrás y Will pudo mirarla a los ojos por primera vez. Tenía gotitas de agua en las pestañas y cuando parpadeó, cayeron sobre sus mejillas sonrosadas.
– Perdone, ¿qué me ha preguntado?
– Que si es usted estadounidense -repitió Will suavemente, clavando la mirada en sus labios.
– Sí, ¿algún un problema?
Cuando alzó la mirada, Will se encontró frente a un par de chispeantes ojos turquesas. Ella le tendió una tarjeta de crédito.
– No, no, en absoluto -respondió mientras lomaba la tarjeta-. Era simple curiosidad. Me ha parecido que tenía acento… norteamericano.
A los labios de la recién llegada asomó una sonrisa.
– Probablemente porque lo soy -se estremeció y se frotó los brazos-. Bueno, ¿va a poder darme una habitación? Estoy deseando quitarme toda esta ropa y…
– Sí, por supuesto -dijo Will-. A mí también me gustaría quitarle… bueno, quiero decir, que estoy seguro de que estará mucho más cómoda si se quita esa ropa de encima -agarró la llave de la habitación más bonita del segundo piso-. Habitación número siete -le dijo.
