
Le tomó la mano y le plantó la llave en la palma. Tenía la piel húmeda y fría. Sin saber por qué, Will prolongó aquel contacto.
– La encontrará al final de las escaleras a la izquierda, al final del pasillo. Todas las habitaciones tienen cuarto de baño. ¿Por qué no sube y ya me encargo yo de llevarle los zapatos y el equipaje cuando estén secos?
– De acuerdo -contestó Claire y comenzó a subir las escaleras.
– ¿Cómo se llama? -le preguntó Will.
– ¿Qué? -preguntó ella, volviéndose.
– Necesito su nombre para registrarla.
– Está en la tarjeta -contestó-. O'Connor. Claire O'Connor, de Chicago.
– Bienvenida a la posada Ivybrook, señorita O'Connor. Yo soy Will Donovan.
Ella asintió y continuó subiendo lentamente las escaleras, con la ropa goteando a medida que avanzaba.
Cuando se volvió para ocuparse de su equipaje, Will descubrió a Sorcha apoyada contra el marco de la puerta del salón, con la bolsa de patatas fritas a la altura del pecho y masticando con expresión pensativa.
– Una estadounidense. Y bastante atractiva -musitó-. He oído decir que son salvajes en la cama.
– No me dedico a seducir a mis huéspedes. ¿No tienes ninguna poción que preparar? Vete a casa, Sorcha.
– Ha sido una pena lo de la maldición -musitó Sorcha-. Me temo que has abierto la puerta demasiado rápido. No he tenido oportunidad de quitarte el hechizo -sonrió y se metió una patata frita en la boca-. Y, definitivamente, merece la pena darse un par de revolcones con una chica como ésa, Will. Bueno, creo que ahora me voy -se acercó a Will y le arregló el pelo y el cuello de la camisa-. Acuérdate de usar preservativo. Apuesta siempre por el sexo seguro.
– Fuera -le ordenó Will.
Sorcha agarró el impermeable que había dejado colgando en el perchero del vestíbulo y se lo puso.
