– Dios mío, que hambre tengo -musitó-. ¿Tienes algo de chocolate?

– Vamos a cenar dentro de una hora. ¿Ya has terminado?

Sorcha se metió otro par de patatas en la boca y asintió.

– Sí, acabo de liberarte completamente de la maldición -se interrumpió-. Bueno, no del todo. En realidad, he intentado contrarrestarla con otro hechizo, sólo algo que pueda permitimos seguir siendo buenos amigos.

– Sorcha…

– Éste es un buen hechizo. La próxima mujer que conozcas, te deseará locamente y tendréis un apasionado encuentro sexual. Nada la detendrá a la hora de meterse en tu cama.

Una impaciente llamada a la puerta quebró el silencio del salón, Sorcha se echó a reír.

– ¡Ah! El hechizo ha funcionado. ¡Es ella! Me pregunto quién podrá ser. Mmm, supongo que Eveleen Dooly no será muy mala en la cama. Y también está Mary Carlisle. No es joven, pero conserva el espíritu.

– Por lo menos Eveleen no me maldeciría -musitó Will-. Mientras abro a la puerta, tú dedícate a quitarme el hechizo.

– De acuerdo, pero no vayas muy deprisa. Me llevará algún tiempo.

Will se dirigió a grandes zancadas hasta el vestíbulo y esperó unos segundos antes de abrir la puerta. Cuando lo hizo, se encontró a una mujer empapada por la lluvia y con los pies llenos de barro.

– Ya era hora -musitó, con el pelo pegado a la cara-. Me he empapado hasta los huesos. Y no podía encontrar la llave. Se suponía que estaba debajo del macetero.

– Lo siento -respondió Will, alargando la mano hacia su equipaje-. Sorcha debe haber utilizado… Bueno, no importa. Pase, por favor, y bienvenida.

Claire pasó al interior de la posada, dejando un rastro de barro sobre el parqué. Al mirar hacia atrás, se dio cuenta de lo que estaba haciendo, maldijo suavemente y se quitó los zapatos.

– No he podido encontrar un taxi. Se suponía que el taxista estaba en el pub. pero no. no estaba allí. Un granjero se ha ofrecido a traerme a caballo. Un buen ofrecimiento, porque, al parecer, las millas irlandesas son bastante más largas que las estadounidenses. He tardado una eternidad en llegar hasta aquí -recogió los zapatos. La ropa mojada comenzaba a hacer un charco a su alrededor-. Necesito una habitación.



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