Quizá Claire sólo se quedara una noche. O a lo mejor su novio o su prometido iba a reunirse al día siguiente con ella. Además, no creía que Sorcha Mulroony tuviera ni un ápice de poder. De modo que se limitaría a ser educado y hospitalario con Claire O'Connor. Y nada más.


El agua de la bañera se había quedado tibia para cuando Claire salió. Se envolvió en una toalla de algodón y entró en el dormitorio. Le habían dejado las maletas al lado de la puerta y, por un instante, se preguntó cómo habría entrado Will Donovan en su habitación sin que ella se diera cuenta.

Reprodujo mentalmente la imagen de aquel hombre y recordó cómo había reaccionado al mirarlo a los ojos. Por supuesto, había hombres atractivos en todo el planeta, pero, de alguna manera, el destino parecía haber bendecido la isla de Trall con un ejemplar particularmente notable. ¿Pero qué hacía uno de los solteros más codiciados de Irlanda viviendo allí?

Sonrió mientras se sentaba en el borde de la cama, envuelta en la toalla. En su trabajo, había estudiado miles de fotografías de hombres intentando averiguar qué era lo que hacía que un hombre apenas resultara atractivo y otro fuera devastadoramente sexy.

Will pertenecía a la última categoría. Sus facciones estaban perfectamente equilibradas. No. no era un hombre guapo, era un hombre maravilloso. Y no solamente por la nariz recta, la boca expresiva o aquellos ojos que eran una curiosa mezcla de verde y dorado. Era también su manera de vestir, aquel aspecto ligeramente desaliñado que hacía que no pareciera consciente del efecto que tenía en las mujeres.

No se había afeitado desde hacía dos o tres días y, en lo referente a peinarse, parecía preferir sus propias manos a un buen peine.



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