– Quiero que me quites la maldición.

Sorcha sonrió satisfecha.

– Pensaba que no creías en mis poderes.

– Y no creo en ellos.

– ¿Cuál de ellas? -preguntó Sorcha.

Will gimió.

– ¿Cuántas tengo?

– Dos, no tres… No, espera, cuando me ayudaste a arreglar el coche te quité una.

– ¿Y cuáles son las que me quedan?

– Bueno, una que le condena a no conocer a ninguna otra mujer tan guapa y tan sexy como yo. Y la segunda tiene que ver con tu… con tus capacidades amatorias en el dormitorio -alzó lentamente el dedo índice.

Will frunció el ceño. Desde que habían terminado su relación, no había tenido mucha suerte con las mujeres, pero había sido capaz de actuar cuando había hecho falta. Había tenido tres relaciones serias en los últimos tres años y todas ellas habían terminado al cabo de unos meses. Entre relación y relación, había tenido algún encuentro ocasional con algunas amigas de Londres o Dublín. Viviendo en una isla, no eran muchas las oportunidades que se tenían de disfrutar del sexo sin ataduras.

– Por el espíritu de la amistad -dijo Will-, me gustaría que revocaras las dos maldiciones. Ahora mismo, y delante de mí.

Sorcha suspiró y le quitó el whisky de la mano.

– Muy bien.

Se bebió el whisky de un solo trago, se enderezó, cerró los ojos y se inclinó hacia delante, de manera que la melena cayera como una cortina sobre su rostro. Comenzó a balancearse lentamente, musitando una ristra de palabras en gaélico. Aunque Will tenía algunas nociones sobre aquella lengua, no comprendió lo que estaba diciendo. De pronto, Sorcha abrió los ojos.

– Estoy hambrienta -dijo-. Tengo que nutrirme para este trabajo -cerró los ojos y continuó recitando.

Will se acercó a la cocina y agarró una bolsa de patatas fritas. Cuando regresó al salón, Sorcha estaba tumbada en el sofá. Le tendió la bolsa y ella la abrió inmediatamente y se metió una patata en la boca.



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