– No.

– Entonces ¿cómo?

– Ya lo verá.

Hice una pausa. Aún no veía nada.

– ¿Le han dado la vuelta? -pregunté.

– Sí. Y luego lo hemos dejado otra vez así.

– ¿Le importa si echo un vistazo?

– Como si estuviera en su casa.

Me acerqué a la cama, deslicé la mano izquierda bajo la axila del muerto y le di la vuelta. Estaba frío y un poco rígido. El rigor mortis ya había empezado. Lo puse de espaldas y vi cuatro cosas. Primero, su piel tenía la palidez grisácea característica. Segundo, en su cara habían quedado grabados el dolor y la conmoción. Tercero, se había agarrado el brazo izquierdo con la mano derecha, a la altura del bíceps. Y cuarto, llevaba puesto un condón. La presión sanguínea había caído en picado hacía rato, la erección había desaparecido y el preservativo había quedado colgando, en su mayor parte vacío, como un pingajo traslúcido de piel pálida. Había muerto antes de llegar al orgasmo. Eso estaba claro.

– Ataque al corazón -dijo Stockton, a mi espalda.

Hice un gesto de asentimiento. La piel grisácea era un buen indicador. Y también la evidencia de sobresalto, sorpresa y dolor repentino en su brazo izquierdo.

– Masivo -precisé.

– ¿Pero antes o después de la penetración? -preguntó Stockton con una sonrisa.

Miré la zona de las almohadas. La cama estaba aún por deshacer. El tipo se encontraba encima de la colcha, y ésta seguía ajustada sobre las almohadas. Pero había una marca con forma de cabeza, y se apreciaban arrugas donde los codos y los talones habían empujado hacia abajo.

– Cuando ocurrió ella estaba debajo -dije-. Seguro. Tuvo que forcejear para salir.

– Vaya jodida forma de morir para un hombre.

Me volví.

– Conozco otras peores.

Stockton se limitó a sonreír.

– ¿Qué? -solté.

No respondió.

– ¿Alguna noticia de la mujer? -pregunté.

– No le hemos visto el pelo. Se dio a la fuga.



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