
– Funciona como en los anuncios -expliqué.
– Muy ancho -opinó él-. No me gustaría conducirlo en la ciudad.
– Llevaría tanques delante -observé-. Le despejarían el camino.
La música del bar sonaba con fuerza. Stockton no dijo nada.
– Vamos a ver al muerto -le sugerí.
Stockton se encaminó hacia el interior. Encendió un interruptor y el pasillo quedó iluminado. Luego otro, y se hizo la luz en la habitación. Vi una distribución típica de motel. Una entrada de un metro de ancho con un armario a la izquierda y un cuarto de baño a la derecha. Luego un rectángulo de seis por cuatro con una encimera empotrada de la misma profundidad que el armario y una cama grande como el baño. Techo bajo. Una ancha ventana con cortinas, y un aparato de calefacción-aire acondicionado incrustado debajo. El mobiliario, marrón, estaba viejo y gastado. El lugar tenía un aspecto inhóspito, húmedo y lamentable.
En la cama había un cadáver.
Estaba desnudo, boca abajo. Blanco, quizá llegando a los sesenta, bastante alto. Tenía la figura de un deportista en decadencia. Como un entrenador. Aún exhibía buenos músculos. Pero estaba echando michelines como les pasa a todos los tíos mayores, por muy en forma que estén. Las piernas eran pálidas y sin vello. Se apreciaban viejas cicatrices. Tenía el pelo gris revuelto y pegado al cuero cabelludo, y la piel agrietada y erosionada en la nuca. Respondía al perfil típico. Si lo hubieran visto cien personas, las cien habrían dicho que era oficial del ejército, sin duda.
– ¿Lo han encontrado así? -inquirí.
– Sí.
Segunda pregunta: ¿cómo? Si un tío coge una habitación para pasar la noche, espera intimidad al menos hasta que la camarera aparezca por la mañana.
– ¿Cómo? -pregunté.
– Cómo ¿qué?
– ¿Cómo lo han encontrado? ¿El mismo llamó al 911?
