
La manecilla del reloj brincó, tembló y se quedó quieta. Pasaban tres minutos de la medianoche. Sonó el teléfono. Alguien para desearme feliz Año Nuevo. Era la sargento de la mesa que había delante de mi despacho.
– Feliz Año Nuevo -me dijo.
– Lo mismo digo. ¿No podía levantarse y asomar la cabeza por la puerta?
– ¿No podía asomar usted la suya?
– Estaba al teléfono.
– ¿Quién era?
– Nadie -dije-. Un veterano que no ha podido empezar la nueva década.
– ¿Quiere café?
– Claro -dije-. ¿Por qué no?
Volví a colgar. Llevaba ya en ese trabajo más de seis años, y el café del ejército era una de las cosas que hacían más feliz mi estancia. Era el mejor del mundo sin discusión. Y también las sargentos. Aquélla era una montañesa del norte de Georgia. Hacía dos días que la conocía. Vivía fuera de la base, en un aparcamiento de caravanas cercano. Tenía un niño pequeño. Me lo había contado todo sobre él. No oí nada de marido alguno. Era todo huesos y tendones y dura como el pico de un pájaro carpintero. Pero yo le gustaba, de eso estaba seguro. Porque me había traído café. Si no les gustas, no te traen café. Al revés, te apuñalan por la espalda. Mi puerta se abrió y ella entró con dos tazones, uno para ella y otro para mí.
– Feliz Año Nuevo -repetí.
Dejó los dos tazones sobre la mesa.
– ¿Lo será? -dijo ella.
