– No veo por qué no.

– Casi han derribado el Muro de Berlín. Ha salido por la televisión. Se lo estaban pasando en grande.

– Me alegro de que así sea, donde sea.

– Montones de gente. Grandes multitudes, todos cantando y bailando.

– No he visto las noticias -dije.

– Ha sido hace unas seis horas. La diferencia horaria.

– Seguramente aún siguen ahí.

– Llevaban mazos -dijo ella.

– Con todo el derecho. Su mitad es ahora una ciudad libre. Nos pasamos cuarenta y cinco años manteniéndola dividida.

– Pronto ya no tendremos enemigos.

Probé el café. Caliente, negro, el mejor del mundo.

– Hemos ganado -dije-. Cabe suponer que eso es bueno, ¿no?

– No si vives de la paga del Tío Sam.

Iba vestida como yo, con el habitual uniforme de campaña. Las mangas pulcramente subidas. El brazalete de PM exactamente en posición horizontal. Lo llevaría sujeto por detrás con un imperdible. Las botas relucían.

– ¿Tiene algún uniforme de camuflaje para el desierto? -le pregunté.

– Nunca he estado en el desierto.

– Cambiaron el diseño. Le han puesto grandes manchas marrones. Cinco años de investigaciones. Los de Infantería lo llaman pastilla de chocolate. No es un diseño bueno. Tendrán que cambiarlo de nuevo, pero tardarán otros cinco años en decidirse.

– ¿Y?

– Si tardan cinco años en revisar el diseño de un uniforme de camuflaje, su hijo habrá acabado la universidad antes de que decidan la reducción de efectivos. Así que tranquila.

– Muy bien -dijo, sin creerme-. ¿Cree que el chico vale para estudiar?

– No lo conozco.

Ella no respondió.

– El ejército detesta los cambios -señalé-. Y siempre tendremos enemigos.

Siguió callada. Sonó el teléfono. Ella se inclinó y respondió por mí. Escuchó unos once segundos y me tendió el auricular.

– El coronel Garber, señor -dijo-. Está en el Distrito de Columbia.



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