
Cogió su tazón y salió del despacho. El coronel Garber era en última instancia mi jefe, y aunque era un ser humano agradable, no parecía probable que llamara ocho minutos después de iniciado el nuevo año sólo para mostrarse amistoso. No era ése su estilo. Algunos mandamases sí van de ese rollo. En las fiestas importantes vienen la mar de animados, como si fueran uno más. Pero Leon Garber no lo habría hecho ni de broma, con nadie, y menos conmigo. Aunque hubiera sabido que yo estaba allí.
– Reacher al habla -dije.
Hubo una pausa.
– Pensaba que estabas en Panamá -dijo él.
– Recibí órdenes -expliqué.
– ¿Para ir de Panamá a Fort Bird? ¿Por qué?
– No me corresponde a mí preguntar.
– ¿Cuándo fue?
– Hace dos días.
– Vaya trastada, ¿no? -soltó.
– ¿Por qué lo dice?
– Seguramente Panamá era más emocionante.
– No estaba mal -dije.
– ¿Y ya te hacen trabajar en Nochevieja?
– Me ofrecí voluntario. Estoy intentando caer bien.
– Pierdes el tiempo -dijo.
– Una sargento acaba de traerme café.
Guardó silencio.
– ¿Te han llamado para informarte sobre un soldado muerto en un motel?
– Hace ocho minutos -precisé-. Me lo he quitado de encima y he dicho que llamaran al cuartel.
– Pues allí también se lo han quitado de encima y acaban de sacarme de una fiesta para contármelo todo.
– ¿Qué pasa?
– Que el soldado muerto en cuestión es un general de dos estrellas.
– No se me ocurrió preguntar -dije.
Un silencio.
– Los generales son mortales -añadí-. Como todo el mundo.
No hubo respuesta.
– No había nada sospechoso -aduje-. La ha palmado, eso es todo. Ataque cardíaco. Seguramente padecía de gota. No he visto ningún motivo de alarma.
– Es una cuestión de dignidad -dijo Garber-. No podemos cruzarnos de brazos y dejar a un dos estrellas ahí tirado en público. Hemos de hacer acto de presencia.
