– ¿Y debo ir yo?

– Preferiría que fuera otro. Pero esta noche seguramente eres el PM de más alto rango que está sobrio. O sea que sí, debes ir tú.

– Tardaré una hora en llegar.

– No va a ir a ninguna parte. Está muerto. Y aún no han encontrado a un forense que esté lo bastante despejado.

– Muy bien -dije.

– Sé respetuoso -aconsejó.

– Muy bien -repetí.

– Y educado -añadió-. Fuera de nuestro terreno estamos en sus manos. Es jurisdicción civil.

– Estoy familiarizado con los civiles. En una ocasión conocí a uno.

– Pero controla la situación -señaló-. Bueno, si hace falta controlarla.

– Seguramente ha muerto en la cama -observé-. Como hace toda la gente.

– Si es preciso, llámame -dijo.

– ¿Está bien su fiesta?

– Estupenda. Mi hija está de visita.

Colgó. Acto seguido llamé al poli que me había dado la noticia y le pedí las señas del motel. Luego dejé el café en mi mesa, salí, se lo expliqué a la sargento y me dirigí al cuartel para cambiarme. Supuse que un acto de presencia requería un verde de clase A, no un uniforme de campaña.


Cogí un Humvee del parque de la PM y salí por la puerta principal. Llegué al motel en menos de cincuenta minutos. Se hallaba a casi cincuenta kilómetros al norte de Fort Bird, tras atravesar el oscuro y vulgar paisaje de Carolina del Norte, formado a partes iguales por centros comerciales, bosques cubiertos de maleza y lo que me pareció que eran campos de boniatos en barbecho. Todo me resultaba nuevo. Nunca antes había prestado servicio allí. Las carreteras estaban despejadas. Todo el mundo se encontraba aún de fiesta. Ojalá pudiera regresar a Bird antes de que todos cogieran sus vehículos y colapsasen las carreteras. Aunque en realidad confiaba en las posibilidades del Humvee en caso de colisión frontal con un vehículo civil.

El motel formaba parte de un conjunto de estructuras comerciales cercanas a un enorme nudo de autopistas.



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