En el centro había una parada de carretera, con una freiduría barata que abría los días de fiesta, y al lado una gasolinera lo bastante grande para atender camiones de dieciocho ruedas. También había un bar sin nombre con mucho neón y sin ventanas, con un letrero luminoso de BAILARINAS EXÓTICAS en color rosa y un aparcamiento del tamaño de un campo de fútbol. Olía a gasoil y había charcos irisados. Se oía una música fuerte procedente del bar, alrededor del cual había coches aparcados en triple fila. Toda la zona brillaba con el amarillo sulfuroso de las altas farolas. El aire nocturno era frío y la niebla se desplazaba en capas. El motel estaba justo al otro lado de la gasolinera. Era una construcción decrépita y de estructura inclinada, con unas veinte habitaciones en toda su longitud. En el extremo de la izquierda se distinguía una oficina con un simbólico porche para vehículos y una máquina de Coca-Cola que zumbaba.

Primera pregunta: ¿por qué un general de dos estrellas iría a un lugar como ése? Casi seguro que si se hubiera alojado en un Holiday Inn no habría habido una investigación del Departamento de Defensa.

Frente a la penúltima habitación había dos coches patrulla estacionados de cualquier manera. Entre ambos se apreciaba un pequeño sedán sin distintivos. Era un Ford sencillo, rojo, de cuatro cilindros, con neumáticos estrechos y tapacubos de plástico. De alquiler, sin duda. Dejé el Humvee al lado de un coche patrulla y salí al fresco. La música del bar se oía más fuerte. Las luces de la penúltima habitación estaban apagadas y la puerta abierta. Supuse que los polis procuraban mantener baja la temperatura interior. Para que el fiambre no oliera demasiado. Tenía ganas de echarle un vistazo. Estaba seguro de que nunca había visto un general muerto.

Tres polis se quedaron en los coches y uno salió a recibirme. Llevaba pantalones de uniforme marrón y una cazadora corta de piel con la cremallera subida hasta el mentón. Sin sombrero. Los distintivos de su cazadora me revelaron que se llamaba Stockton y su rango era adjunto al jefe. De unos cincuenta años, tenía aspecto abatido. Era de estatura mediana y algo fláccido y pesado, pero por el modo en que descifró las insignias de mi chaqueta deduje que era un veterano; como montones de polis.



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