– Comandante -dijo a modo de saludo.

Asentí. Un veterano, desde luego. Un comandante luce unas pequeñas hojas doradas de roble en la charretera, de unos tres centímetros de ancho, una a cada lado. Aquel tipo las estaba mirando desde abajo y de soslayo, lo cual no era el mejor ángulo de visión. Pero sabía qué eran. Así que estaba familiarizado con los distintivos de rango. Y yo le reconocí la voz. Era el que me había llamado, cuando pasaban cinco segundos de la medianoche.

– Soy Rick Stockton -dijo-, adjunto al jefe.

El hombre estaba tranquilo. Ya había visto montones de ataques cardíacos.

– Soy Jack Reacher. Oficial PM de servicio esta noche.

Él también me reconoció la voz. Sonrió.

– Así pues, ha decidido venir -señaló.

– No me ha dicho que el fallecido era un dos estrellas.

– Pues sí, lo es.

– Sentí curiosidad porque nunca he visto un general muerto -dije.

– Mucha gente tampoco -repuso, y el modo en que lo dijo me indicó que había sido soldado.

– ¿Ejército? -pregunté.

– Marines -contestó-. Sargento primero.

– Mi viejo era marine -dije. Cuando hablaba con marines siempre lo mencionaba. Le da a uno una especie de legitimidad genética. Hace que ellos no te consideren un simple sabueso militar. Pero lo digo de forma vaga. No les digo que mi viejo había sido capitán. Los soldados y los oficiales no ven las cosas con los mismos ojos.

– Humvee -dijo. Miraba mi vehículo-. ¿Le gusta? -preguntó.

Asentí. «Humvee» era la mejor transcripción fonética de HMMWV, o sea Vehículo de Ruedas Multiuso de Alta Movilidad, que lo dice prácticamente todo. Como generalmente en el ejército, donde uno es lo que le ordenan hacer.



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