
– Ya. ¿Y?
– Pues que cuando Beth me dijo que su marido había muerto en la ciudad y que era él de verdad porque todos los de los barrios altos lo conocían desde hacía años aunque ella lo había perdido de vista tiempo atrás… que le iban a hacer la autopsia y que algo había que hacer con el cadáver porque ella lo quería mandar a Estados Unidos, adonde estaba su familia… tú me dirás lo que yo iba a hacer… Porque ella me dijo que no sabía lo que debía hacerse, que ella era extranjera y que las leyes aquí eran muy complicadas -Guillem se había llevado las manos a la cabeza- que a los muertos… en fin, qué quieres que te diga. Había que cremarlo, ¡cremar en este país de mierda que con tantas cruces y tantos curas no fríen ni las ovejas!, en fin, cremarlo, meterlo en una urna, mandarlo para Filadelfia, que era de donde eran sus padres y no sé qué del padre y de su dinero y del panteón familiar…
– ¡Panteón familiar! Ya, panteón familiar… -Tono se había quedado pensativo por un momento-. Bueno, claro. Claro, para eso era diplomático… un diplomático venido a menos, ¿no?
– Bueno, eso, ¿te imaginas?, el panteón familiar de un borracho de mierda aunque fuera el padre de Love… Y que ella no tenía dinero para todo eso… porque… porque… todo eso salía muy caro.
– Pero cómo muy caro. Vaya, Guillem, si la Beth siempre ha tenido un poco de dinero cuando le era necesario… o por lo menos nunca le ha faltado para enviar a Love a estudiar a Suiza o a Inglaterra o para viajar ella, ¿no? Se lo sacaba de sus cosas aquí, vaya, de sus pendoneos… Pero el padre, ¿qué hizo todos estos años? ¿Cómo nunca apareció?
