Guillem se había encogido de hombros.

– Yo qué sé. Beber en la plaza de España, supongo.

– Qué historia. ¿Por qué no me llamaste?

– Sí te llamé… pero me dijo tu madre que estabas en… no sé… fuera… afinando un piano, y que no volverías hasta ayer.

– Vaya.

– Bueno, al final dio lo mismo porque entre el dinero que puso Beth, algo que le saqué a mi padre, un poco bastante que puso Liam y la ayuda de los Fuster, pudimos resolverlo… Pero ha sido una semana de mierda. Menos mal que el viejo Fuster mandó a uno de sus pasantes a ocuparse de todo conmigo y esta mañana nos han dado la urna con todos los sellos y en un coche de la funeraria nos hemos ido con Beth al aeropuerto a depositarla en Iberia para que se la llevaran a Filadel-fia… ¡Cómo es Beth! Hasta ha echado una lagrimita y todo…


En realidad, dijo Tono, nadie sabía con exactitud lo que movía a Beth, qué pensamientos íntimos decidían sus actos. Parecía, sí, una descerebrada, una ninfómana sin seso que durante los primeros años tenía a Love abandonada en el pueblo mientras ella se divertía bebiendo y fornicando. Y sin embargo, bien mirado, luego resultó que durante todos aquellos años ella tenía un designio claro sobre el destino de su hija: la grandeza, el triunfo social, la consagración final y, más que nada, el dinero.

– Pero ¿y la niña?

La niña era la verdadera incógnita.

Siempre pareció un cervatillo, con los ojos muy grandes, muy tiernos, permanentemente abiertos con sorpresa, la nariz recta y diminuta olfateándolo todo, una medio sonrisa entre distante y alelada en los labios. Y esa piel casi transparente, tan blanca (todavía hoy parece un suave fantasma, con las venas muy azules surcándole las sienes y deslizándose por el cuello hasta desaparecer en el escote, serpenteando por debajo de sus pechos tan pequeños…) que se hubiera dicho untada de harina. «Durante muchos años me dio pena -dijo Carmen-. Una niña así, abandonada, sin puerto. Pero luego se le quitó la inocencia, ¿verdad?»



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