
– iUna urna! Me lo encargó la Beth. ¿Te das cuenta? A mí.
– ¿De qué me hablas? -había repetido Tono-. ¿De qué padre de Love me hablas? ¡Nunca ha tenido padre! Bueno, lo que quiero decir es que nunca ha estado por aquí. ¿Y dices que vivía aquí? ¿En la isla? Y nosotros sin saberlo. ¿Desde cuándo? ¡Cómo va a haber venido a morirse sin que ninguno nos enteráramos! Beth me dijo que él era americano, un americano importante, un diplomático…
– ¿Diplomático? Seguro. Ya. Menudo diplomático. Apareció muerto en la plaza Gomila de madrugada, la madrugada del día en que Lavinia se fue a Suiza, precisamente. Fíjate, Beth me llamó a casa nada más volver yo del aeropuerto de despedir a Love. Con mucho misterio. Estaba muy agitada, desesperada, sin saber qué hacer: la habían llamado…
– ¿Quién?
– Y yo qué sé… El caso es que alguien, supongo que alguno de los compañeros de borrachera que conociera su historia, la llamó para decirle que su marido había aparecido muerto y que qué se hacía con él. Resulta, después de todo, que era muy conocido en el barrio, lo llamaban Jin, ¿me entiendes -hizo un gesto de sobreentendido, enroscando el pulgar con el índice de una mano-, porque se llamaba Jim y le daba a la ginebra, ¿me entiendes lo que te quiero decir? -Guillem estaba muy nervioso. Hablaba con atropello y se movía con agitación, dando pequeños saltos de una pierna a otra, hacia atrás y hacia adelante.
– Cálmate, hombre, tranquilízate que te va a dar algo.
– Y cómo quieres que no me dé. Oye, que yo de quien era amigo era de Love y resulta que la madre… Beth… me ha estado tratando como si fuera uno de sus novios, como si fuera Hans musculillos.
