IV

En la primavera de 1964, la llegada de Beth Trevor acompañada de su hija de tres años no despertó en el pueblo curiosidad alguna y, menos aún, expectación. Era una extranjera más, americana o inglesa, del norte, bah, rubia y guapetona, y no tan joven por eso, que, sin más compañía aparente que la niña, se incorporaba al grupo bastante numeroso de gentes que hacían escala en el primitivo villorrio cuando iban camino de Katmandú a encontrarse con el exotismo y la nueva vida.

Decir camino de Katmandú tal vez sea una exageración de los motivos que impulsaban a tantos a acudir al Mediterráneo, por más que parte sustancial de la diminuta colonia extranjera del pueblo se pasara el día proponiéndose continuar viaje, en fecha imprecisa eso sí, hacia el Nepal, meca de la espiritualidad y la marihuana. Era obvio que en aquellas gentes, oriundas de un mundo económicamente más saneado, mucho más saneado, el descubrimiento de las civilizaciones del sur de Europa, más refinadas pero de menor confort, despertaba ecos viajeros, deseos poderosos de integración en la tierra, curiosidad filosófica acerca del milagro de la subsistencia de sociedades más pobres, mucho más pobres, pero sin duda mejor integradas. «Menudas tonterías decís -murmuró Carmen-; qué filosofía ni qué ocho cuartos.»

«El caso es que en abril o mayo del 64, no lo recuerdo bien -dijo Tono-, llegaron al pueblo la Beth y esta niña, solas. Nadie hizo mucho caso. Dos extranjeros más», añadió, encogiéndose de hombros.

Aunque la circunstancia no sea muy conocida, sí debe consignarse que Jim Trevor, marido de Beth y padre de aquella chiquilla, nunca quiso viajar a la isla y menos aún instalarse en ella. Por esta razón no deja de resultar irónico que fuera precisamente él el responsable involuntario de aquella peregrinación al pueblo.



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