el Calaf, el único Calaf universalmente reconocido como el tenor que mejor actúa en este drama de sexo tenebroso y final de novela rosa y el que con mayor belleza y empeño combativo acaba venciendo a la frígida princesa Turandot.

Claro que Gaddo Buonarroti es esta noche el tenor del mundo entero, el mejor, la estrella fulgurante que, a sus cincuenta y tres años, ha alcanzado la madurez plena, el timbre de voz melodioso y potente, una inigualada capacidad dramática, una asombrosa compasión, una fuerza expresiva irrepetible. Su triunfo se da por descontado.

El gran momento del Buonarroti llegó como siempre en el tercer acto, cuando atacó con el brío tan típicamente suyo el Vinceró! Y hasta los más puristas se rindieron ante él cuando alcanzó el do de Ti voglio ardente d'amor. Aunque la expresión resulte algo convencional y acaso poco oportuna considerando la reciente historia del teatro, el Liceo se vino literalmente abajo, encendido de entusiasmo. Y Gaddo, entonces, volviéndose hacia el público casi sin volverse, se pasó con delicadeza el pañuelo de organza por la frente y no pudo impedirse una sonrisa, o tal vez sí pero no quiso. Mi marido, pensó Lavinia, con un mohín secreto y divertido. Oh, sí. El marido del que me voy a divorciar.

Y cuando abandonó el palco para acudir al camerino a felicitarlo, a su paso un murmullo de admiración recorrió los pasillos como una ola. La gente se apartaba asombrándose en voz alta «está guapísima», «ésa es Lavinia Buonarroti», «¡si parece una reina!», «va preciosa»; o «enhorabuena», «su marido ha estado fantástico», cosas así. A todos los comentarios Lavinia contestaba con una sonrisa y, a veces, con una mirada amable y condescendiente.

Por fin pudo llegar, escoltada por varios ujieres, que la tuvieron que proteger del sofoco de la muchedumbre. Se había puesto los largos guantes de raso blanco y por esta razón, cuando, quieta en el umbral del camerino, dio tres o cuatro discretas palmadas, le salió un aplauso silencioso y lento, de gran elegancia.



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