Gaddo se volvió hacia ella abriendo los brazos con una risotada teatral. Se le veía feliz. «Ah, mía cara! -exclamó con su vozarrón, ensordecedor en aquel espacio exiguo y lleno de gente-. Lapiú bella! Tiépiaciuto ilmió Turandot? Eh? Dimmi, tesoro mió.» Y sin darle tiempo a contestar, cogió una rosa blanca de un enorme ramo que alguien intentaba entregarle y se la ofreció mientras que con la otra mano tomaba suavemente sus dedos y los besaba con extrema delicadeza, como si estuviera sujetando un frágil pajarillo.

Más tarde, en el foyer, en presencia de los Reyes, Lavinia dejó que Gaddo la eclipsara con su enorme presencia tan jovial. Hizo, eso sí, una profunda (y muy ensayada) reverencia a los monarcas y se sumó con discreción al grupo que se fotografiaba con ellos. Sólo en un momento en que se disparaban decenas de flashes, Lavinia, que había quedado colocada por casualidad entre el Rey y el presidente de la Generalitat, se inclinó hacia el primero para comentarle, no sin cierta intimidad, alguna cosa que los periodistas no alcanzaron a percibir. (El Rey, desde luego, tampoco la oyó, pero por educación la tomó por el codo y sonrió.)

SEGUNDA PARTE

1964-1981

II

– La Beth llegó al pueblo con esta niña -dijo Tono-, que era chiquitita, tendría dos o tres años entonces. Un bebé. La Beth Trevor era una joven rubia, la recuerdo muy bien cómo era cuando llegó, atractiva, bien plantada. Y empezó a vivir por aquí, a tomar contacto con la pandilla de aquí… En seguida conoció a la familia Hawthorne, a la demás gente, se apuntó a este mundillo… Y en seguida formó parte de él, de los veraneantes y de la gente extranjera que vivía aquí… -Sacudió la cabeza, sonriendo-.



4 из 209