
– ¿Y el marido dónde estaba?
– ¿Qué marido?
– El de Beth Trevor.
– Ah, sí, el marido de Beth… Bueno… el marido, quiero decir, el padre de esta niña, Love, nunca llegó a tener contacto con el pueblo. Quiero decir que nunca supimos nada de él.
III
Pocas horas después de que su padre muriera en plena plaza de Gomila fulminado por el delirium tremens, Lavinia, por diminutivo Lav o Love, se embarcaba en el avión que había de llevarla a Lausana para completar su largo viaje hacia la duplicidad y el éxito.
Tenía dieciocho años.
Es muy posible, incluso más que probable, que en aquel momento Lavinia no supiera que su padre acababa de morir de forma tan poco decorosa. Puede que Beth hubiera decidido ocultárselo para que nada se interpusiera entre Lavinia y su destino, el destino que llevaba quince años labrándole. «Las malas lenguas opinan que esta versión es poco verosímil -dijo Tono-. Incluso si Beth le había escondido la noticia, decían, ¡cómo no iba Love a enterarse de ella si recorrió la isla entera como un reguero de pólvora! Bueno, la isla tal vez no. Sería más propio decir el pueblo entero: eso, una noticia que recorrió el pueblo entero como un reguero de pólvora. Y seguro que le tuvo que llegar a ella en Suiza. Seguro.»
