Toda esta gente llegaba a la isla con los ojos abiertos como platos, como si estuvieran descubriendo la vida. Iban camino del Nepal a vivir la verdadera vida budista, a meditar con el Dalai Lama. Ya sabes, la flower generation con la guitarra a cuestas y un chalequillo de cuero por camisa, camino del Himalaya a ponerse ciega de marihuana. Lo malo era que a la mayor parte se les agotaba pronto el dinero. Y no tenían más remedio que quedarse por aquí y no seguir el viaje a Oriente. No importaba. Los papás les mandaban unos dólares al mes y con eso aguantaban. El clima era bueno, la vida, sencilla. Nada: en un pispás se pasaba del Cadillac a la realidad profunda del olivo. Siempre había algo que llevarse a la boca: vino barato, aceitunas, pan, lo suficiente para subsistir. Y encima aquí tenían a Liam Hawthorne -pronunció Jautorne a la española-, el gran sacerdote de la existencia libre. Vivir cerca de él era como estar en la iglesia.

– ¿Y el marido dónde estaba?

– ¿Qué marido?

– El de Beth Trevor.

– Ah, sí, el marido de Beth… Bueno… el marido, quiero decir, el padre de esta niña, Love, nunca llegó a tener contacto con el pueblo. Quiero decir que nunca supimos nada de él.

III

Pocas horas después de que su padre muriera en plena plaza de Gomila fulminado por el delirium tremens, Lavinia, por diminutivo Lav o Love, se embarcaba en el avión que había de llevarla a Lausana para completar su largo viaje hacia la duplicidad y el éxito.

Tenía dieciocho años.

Es muy posible, incluso más que probable, que en aquel momento Lavinia no supiera que su padre acababa de morir de forma tan poco decorosa. Puede que Beth hubiera decidido ocultárselo para que nada se interpusiera entre Lavinia y su destino, el destino que llevaba quince años labrándole. «Las malas lenguas opinan que esta versión es poco verosímil -dijo Tono-. Incluso si Beth le había escondido la noticia, decían, ¡cómo no iba Love a enterarse de ella si recorrió la isla entera como un reguero de pólvora! Bueno, la isla tal vez no. Sería más propio decir el pueblo entero: eso, una noticia que recorrió el pueblo entero como un reguero de pólvora. Y seguro que le tuvo que llegar a ella en Suiza. Seguro.»



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