Otras voces discreparon también de la inocencia de Lavinia en esta cuestión. Carmen aseguraba a quien quisiera oírla que ella misma se lo había dicho con la voz entrecortada por la angustia («bueno, angustia -dijo Tono-; ¿tú has visto a Carmen angustiada alguna vez?») cuando estaba a punto de subirse al taxi que iba a llevarla al aeropuerto. Y eso que le tenía simpatía, ya lo creo que le tenía simpatía, pero hay cosas que van dichas sin tapujos. De todos modos nadie daba mucho crédito a las afirmaciones de Carmen. Y nadie recordaba haberla visto hablándole a Lavinia (con agitación o sin ella) al pie del taxi que debía llevarla al aeropuerto. Han pasado tantos años que ninguno se acuerda con precisión de la secuencia verdadera de los acontecimientos y ahora que Lavinia es Lavinia, la gente tiende a fantasear y a vanagloriarse de haber sido parte de secretos importantes que sólo alcanzaron a conocer tiempo después, y de forma fragmentaria, para más inri. «Bah -dijo Tono-, en los pueblos todo son chismes y al final verdades y mentiras acaban mezclándose y se termina por no saber dónde está la realidad -suspiró-. Así nacen las leyendas.»


Era el día 2 de setiembre de 1979 y hasta entonces tampoco nadie en el pueblo había oído hablar jamás del padre de Lavinia. Bien calladito que se lo había tenido Beth. De hecho, la noticia recorrió el pueblo (al que un reguero de pólvora, como explicaba Tono, pero después de que se hubieran llevado las cenizas de Jim a América, es decir, días después de la marcha de Lavinia.)

Es difícil saber si en los quince años transcurridos desde su llegada a la isla o, con más propiedad, al pueblo, que era la única llegada de que se tenía noticia con seguridad, Beth había tenido contacto frecuente o siquiera esporádico con su marido, Jim Trevor.



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