
Los borrachos de la plaza de Gomila (como los del Bowery en Nueva York) eran raza aparte, huraños, desconfiados, encerrados en su propio grupo urbano. Eran en su mayoría americanos, suecos e ingleses, pero sobre todo americanos, expatriados que no hablaban castellano y sí sólo unas cuantas frases en un popurrí de mallorquín, inglés y castellano, las suficientes para pedir su botella habitual y negociar la forma de pago. Son iguales en todos lados.
«Yo creo que no se vieron nunca en la isla -aseguró Tono-. Ni siquiera sé si habían llegado juntos. Supongo que sí, porque, si no, ¿cómo iban a recalar ambos aquí, en un sitio tan pequeño? Pero luego seguro que nunca se vieron. Si acaso, el Jim consiguió sacarle algún dinerillo a Beth en los momentos peores a cambio de no hacer acto de presencia en el pueblo y de tampoco darse a conocer. Nadie de aquí supo jamás de la existencia de Jim. Yo, que conocí a Beth bastante bien, nunca tuve noticia de ello. Un día hasta me armé de valor y le pregunté: oye, Beth, ¿y tu marido? Mi marido, me contestó ella, nunca ha venido, nunca ha estado en la isla. Es un tío importante, ¿sabes?, un diplomático.
Era lo primero que aprendían al llegar aquí, a decir "un tío importante", "una tía fenomenal". Les hacía sentirse integrados.»
En realidad, el primero que supo de la existencia y muerte de Jim Trevor fue Guillem, el novio de Lavinia. Tal vez novio sea mucho decir; en fin, que salían juntos desde hacía un par de años («imagínate -dijo Tono-, tendrían catorce o quince años cuando empezaron a tontear; bueno, ellos y el grupito de su pandilla tendrían catorce o quince años; yo y algunos otros teníamos diez más.
