
– ¡No sabes de dónde vengo! -había exclamado Guillem, jadeando, tras localizar por fin a Tono en el centro del pueblo, días después de la marcha de Lavinia-. Menuda semana he pasado. Ha sido horrible. Horrible, sí.
– ¿De qué me hablas? -había dicho Tono.
– Acabo de recoger en el cementerio de Palma una urna con las cenizas del padre de Lavinia. -Esto, afirmado con la solemnidad y el aire importante del iniciado en un secreto mirífico. Todo lo que fuera que se lo habían encargado a él y no a Vicentín Cañellas debía de parecerle una preciada reivindicación personal. Y, además, aún no se le había pasado el susto, con lo que ver a Tono, siempre tan calmo, estaba siendo un verdadero alivio.
Guillem era (bueno, y es)pequeño, de constitución liviana. Tenía (bueno, y tiene)los ojos muy negros, como los de un diablillo travieso. Ahora esconde la expresión infantil detrás de un excesivo bigote negro y lleva las gafas de leer colgadas del cuello con un cordel de varios colores. El pelo empieza a clarearle en grandes entradas sobre las sienes y la coronilla le asoma por entre los mechones desordenados y se le marcan los tendones del cuello cuando habla. Pero entonces nada tamizaba la inocencia, la ingenuidad de su mirada, y los rizos le caían por la frente, como tirabuzones.
